domingo, 31 de marzo de 2019

Ira

El Profesor trabaja en el ordenador de la mesa de dibujo. Noche entra de la calle. Da un portazo. Aparece en el salón y arroja al sofá y sin miramientos la chaqueta y la mochila que trae en la mano. Se pone en jarras, mira al Profesor, suelta un bufido y dice

—    Odio enfadarme.
—    Pues no lo hagas.
—    En realidad lo que odio es no controlar la ira.
—    Pues contrólala.
—    A veces estoy tan cansada que no la veo venir. Entonces, cuando me quiero dar cuenta, no hay nada que hacer.
—    Pues no te canses.
—    Es como una ola que me incendia.
—    Hazte la muerta.
—    ¿Perdón?
—    Tiéndete de espaldas, flota y deja que la ola pase por debajo de ti.
—    No acabo de pillar la metáfora.
—    Es una versión poética de contar hasta diez.
—    A veces ni con mil es suficiente.  
—    Por eso es mejor flotar: ni siquiera tienes que llevar la cuenta: deja que la ola te lleve.
—    Pero la ola abrasa.
—    Solo la espalda: tus ojos sin embargo disfrutan del cielo azul, de la suavidad algodonosa de las nubes, del frescor del aire.
—    Pero mis manos…
—    Pon las palmas hacia abajo para que las quemaduras queden ocultas y todos podamos seguir disfrutando de esas preciosas manos tuyas.
—    ¿Te gustan mis manos?
—    Me gustan en particular cuando las mueves porque entonces parecen mariposas.
—    …
—    …
—    Profesor…
—    ¿Pasó la ola?

Noche sonríe y dice

—    Sí, pasó.

Entonces se acerca hasta el Profesor, se sienta a horcajadas sobre sus piernas, coge su cara con esas manos que parecen mariposas y besa dulcemente sus labios.

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