Mostrando entradas con la etiqueta violencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta violencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de julio de 2022

Negacionistas

El Profesor lee El vellocino de oro, de Graves. Noche ve un incendio tras otro en la televisión. Va y dice

—    De verdad que no entiendo a los negacionistas. ¿Cómo se puede ser tan irracional?
—    Porque la razón atenta contra la libertad.
—    ¿Qué tontería es esa?
—    Te voy a contar una historia. Estamos en la Grecia mítica. Esculapio ha montado una escuela de medicina. Pronto los sacerdotes de Hades, dios del inframundo, se quejan de que esa escuela, al enseñar cómo curar enfermedades, disminuye el número de muertos y por tanto su clientela. Esculapio se defiende diciendo que, al salvar niños, estos tendrán a su vez hijos y que, como tarde o temprano todos acabaran muertos, con ello su escuela no hace más que aumentar los futuros súbditos del dios infernal.
—    Bien argumentado. Bien por Esculapio.
—    Quizá demasiado bien. Y es que el argumento es tan bueno que le molesta al mismísimo Zeus, porque, (atención, aquí viene lo bueno), al ser incontrovertible, solo se puede responder con violencia.
—    Wow!
—    Sí.
—    ¿Entonces?
—    No hay solución. Siempre habrá gente que, si se siente acorralada por las palabras, si ve que los argumentos contradicen su forma de ver el mundo, se defenderá a golpes.
—    Casi es mejor no tener razón.
—    A veces es más saludable, sí.

miércoles, 6 de abril de 2022

Sacrificio

Noche, encaramada en la escalera de la librería, sostiene en sus manos Masa y poder. Dice

—    Escribe Canetti que el sacrificio que hacen algunas religiones a los dioses deriva de cuando los animales huyen en manada de un depredador. Cuando un león se lanza al ataque, cada gacela corre aterrorizada por si es ella la capturada, pero en cuanto una gacela cae las demás se sienten a salvo y vuelven a pacer tranquilamente en la sabana. Si las gacelas tuviesen religión, sigue Canetti, quizá le ofreciesen una de ellas al dios león para que dejase en paz a los demás. Pues bien: eso es el sacrificio: adelantarse a los deseos del depredador para minimizar el daño. Es mejor que se coma el cordero del sacrificio que tenga que buscar una víctima entre los oferentes.
—    Interesante. Un mal menor, una negociación tácita, pura teoría de juegos, aunque yo hubiese hablado de una leona y no de un león, pero la idea me parece… 
—    Sí, a mí también me ha parecido interesante que derive la idea del sacrificio de la evolución de un comportamiento animal. Pero con este esquema hay algo que no entiendo: el sacrificio de Jesús.
—    Wow, como dirías tú. Dale.
—    Si al ofrecerle al dios un sacrificio evitamos que intente comernos a los demás, ¿qué es lo que evitó Jesús dejándose crucificar? ¿De qué se supone que salvó a la humanidad? 
—    Ja, ja, ja…
—    ¿De qué te ríes?
—    De que eres una antigua.
—    ¿Perdón…?
—    Una antigua, ja, ja, ja.
—    Profesor, te la estás ganando…

martes, 29 de marzo de 2022

Posguerra

—    ¿Cómo pueden apoyar tanta destrucción?
—    ¿Porque así hay mucho que reconstruir?


sábado, 5 de marzo de 2022

Incendio

Noche y el Profesor miran la televisión. En la pantalla extradiegética se ve la guerra.

—    Los incendios hay que apagarlos.
—    Sí, pero no echando gasolina.
—    …
—    …
—    Las metáforas dan para todo, ¿verdad?
—    Sí.


martes, 1 de marzo de 2022

Violencia

Noche tiene puestos unos guantes de boxeo y anda dándole puñetazos a un saco colgante. Entre grititos y jadeos dice

—    Era yo una cría. Estaba sentada en un banco del parque, jugando con una muñeca. En frente de mí se pararon un chico del barrio y su padre. El chico gritaba y gritaba y no paró hasta que el padre le soltó una bofetada. El niño se puso a llorar. El padre se lo llevó a rastras. Al rato el chico volvió. En apenas nada pegó a otro niño, empujó y tiró al suelo a una niña y le dio una patada a un perro.
—    ¿Cómo terminó la cosa?
—    Tras patear al perro se dio cuenta de que le estaba mirando y vino hacia mí. En ese momento pensé que era un momento buenísimo para volver a casa.
—    ¿Y la moraleja?
—    Pues que la violencia es como un virus.
—    Me parece bien: desarrolla.
—    No solo se transmite, sino que en cada nuevo huésped crece. Aquel niño no se quedaba saciado con ninguna de sus violencias. Quería más. Le habían hecho daño y nada le compensaba. Ese día aprendí cómo se transmite el mal y por qué el mal tiende a crecer: es un problema de asimetría: al no experimentar el dolor ajeno nunca sentimos que sea equiparable a nuestro propio dolor, tan real, tan vívido. Por eso el ojo por ojo no es suficiente y procuramos sacar dos ojos ajenos por cada uno nuestro, por lo menos.
—    El mecanismo tiene lógica. Endiablada, eso sí.—    ¿Verdad? Luego he pensado que la empatía es un intento de compensar esa diferencia, aunque está claro que no es suficiente. También he pensado que las células espejo podrían… ¡Eh!, Profesor, ¿a dónde vas?

Noche ha dejado de castigar al pobre saco. El Profesor, que se dirige a la puerta del pasillo, contesta

—    A preparar algo de cena: con tanto ejercicio me ha entrado hambre.


jueves, 24 de febrero de 2022

Guerra

Noche y el Profesor están sentados en el sofá mirando la televisión con los ojos abiertos como platos. En la pantalla extradiegética se ven carros de combate, lanzadoras de misiles y bombardeos.

Dice Noche 

—    Guerra.
—    Sí. Otra vez guerra.
—    ¿No saben que nadie gana?
—    No es ese el asunto.
—    ¿Entonces?
—    La guerra es la materialización de la locura. Mientras hacemos literatura las palabras no salpican la tierra. Pero un día alguien se empeña en encarnar las palabras, monta una guerra y las palabras se convierten en sangre.
—    ¿Qué palabras son esas?
—    Nosotros, ellos, pueblo, futuro, esas palabras.
—    Uf. ¿Vino?
—    Casi mejor saca la caneca de ginebra.
—    Sea.

martes, 25 de enero de 2022

Pistolas

Noche lleva una camiseta con un cartel de Reservoir Dogs estampado en el pecho. Se acerca hasta el Profesor, que tontea con el ordenador en la mesa de dibujo, y pregunta

—    ¿Por qué le tienen tanta afición los americanos a las pistolas?
—    Son como niños.
—    ¿Perdón?
—    ¿A qué niño no le gustaría eliminar lo que no le gusta con el dedo? Pues la pistola es ese sueño hecho realidad: un dedo aniquilador.
—    Wow.

En la pantalla extradiegética se ve la escena de la película en la que dos tipos, uno de pie y el otro tirado en el suelo, se amenazan mutuamente apuntándose con sus pistolas.


viernes, 18 de septiembre de 2020

Gesto dramático

B parece escuchar con atención, aunque no sabemos qué. Noche, con gesto crispado, lee las noticias en una tableta. De pronto, dice

—    ¿No has soñado nunca con hacer un gesto dramático, uno que acojone al mundo?
—    Una vez sinteticé en una palabra la complejidad del cosmos.
—    Sí, eso está muy bien, pero me refiero a algo más físico, más agresivo, tipo puñetazo en la mesa.
—    Entiendo. Otra vez leí de alguien que quería “ver destruido el orden de este mundo” y pensé que yo también.
—    Sí, pero no. Quiero decir un gesto que sea realmente destructivo, irreversible.
—    Soy hombre de palabras. Las navajas son para mí de la misma sustancia que unicornios y sueños.
—    Las palabras pueden doler como cuchilladas.
—    Pero tienen que ir cargadas de odio.
—    ¿Nunca has odiado lo suficiente?
—    Digamos que nunca he odiado nada que me interesase lo suficiente como para gastar tiempo en la lucha.

Noche cierra la tableta y la deja sobre el sofá. Algo no le cuadra. Durante unos segundos emite un ronquido sordo y continuado. Por fin dice

—    Y el veneno que se queda dentro, ¿qué haces con él?
—    Mastico hojas de sardonia.

martes, 5 de marzo de 2019

Siete novias para siete hermanos

Noche y el Profesor, arrebujados bajo la manta de sofá, miran la televisión: ven Siete novias para siete hermanos. En la pantalla extradiegética se ve la escena del baile del granero.

—    Me asombra que te gusten estas películas.
—    ¿Por qué? A ti también te gustan.
—    Ya, pero tú tienes muchos más prejuicios que yo.
—    Vaya.
—    Venga, Profesor, explícamelo.
—    Estas películas tienen la perfección de los mitos. En su simplicidad, actúan como mecanismos perfectos: a partir de la premisa inicial, todo se deriva necesariamente. Son como hermosos teoremas matemáticos en los que a partir de las hipótesis y a través de pasos lógicos llegamos a las maravillosas tesis. Es como ver símbolos bailando. Me producen una intensa sensación de paz.   
—    Solo tú puedes comparar Siete novias para siete hermanos con un teorema matemático.
—    Ya ves. Bueno, ahora te toca a ti.
—    Para mí son pura evasión: mientras las veo puedo sonreír sin tener que pensar en la violencia estructural  o en la violencia sistémica; mientras las veo puedo abandonar la sospecha, la suspicacia, la paranoia, puedo dejar de pensar que alguien quiere engañarme, robarme o violarme; mientras las veo puedo olvidar lo que pasa en otros lugares del mundo, puedo olvidar el dolor, la guerra, el hambre, el asco; mientras las veo puedo dejar de pensar en mi futuro, en el futuro de mierda de un mundo que se va descomponiendo día a día. Por eso me gustan estas películas, porque me permiten evadirme.
—    ¿Tan terrible es?
—    A veces sí.