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sábado, 3 de septiembre de 2022

Como si

El Profesor tontea con el ordenador. Noche lleva una camiseta con un reloj de arena estampado en el pecho. Chasca los dedos repetidamente como marcando un ritmo. Va y dice

    ¿No crees en el tiempo?
    No.
    Por tanto, no crees ni en la lógica ni en la ética.
    No.
    Sin embargo, juzgas y actúas.
    Sí.
    No lo entiendo.
    Porque vivo en un como si.  
    No lo entiendo.
    No creo en el tiempo, pero la ilusión del tiempo es demasiado fuerte. Podría aceptar este momento como el único existente, sentarme y vivirlo por toda la eternidad, pero lo cierto es que si lo hago me aburro y entonces actúo como si existiese el tiempo. Supongo que la mayoría de los instantes son instantes de huida de instantes de aburrimiento y que vivo precisamente en uno de esos instantes de huida.
    ¿Y que te aburras no te dice nada acerca de la existencia del tiempo?
    No. Eso sería darle crédito a las sensaciones.
    Y eso nunca.
    No.
    ¿Y a la razón sí?
    Tampoco.
   
   
    Mientras pienso lo que opino de tu mente, podrías descorchar un cabernet. ¿O no?
    No se me ocurre otro instante mejor que ese para pensarlo eterno.
    ¿Quizá el del primer sorbo?
    Touché  —reconoce el Profesor mientras se levanta y se dirige al lugar que sea donde esconde el cabernet.


viernes, 29 de julio de 2022

Negacionistas

El Profesor lee El vellocino de oro, de Graves. Noche ve un incendio tras otro en la televisión. Va y dice

    De verdad que no entiendo a los negacionistas. ¿Cómo se puede ser tan irracional?
    Porque la razón atenta contra la libertad.
    ¿Qué tontería es esa?
    Te voy a contar una historia. Estamos en la Grecia mítica. Esculapio ha montado una escuela de medicina. Pronto los sacerdotes de Hades, dios del inframundo, se quejan de que esa escuela, al enseñar cómo curar enfermedades, disminuye el número de muertos y por tanto su clientela. Esculapio se defiende diciendo que, al salvar niños, estos tendrán a su vez hijos y que, como tarde o temprano todos acabaran muertos, con ello su escuela no hace más que aumentar los futuros súbditos del dios infernal.
    Bien argumentado. Bien por Esculapio.
    Quizá demasiado bien. Y es que el argumento es tan bueno que le molesta al mismísimo Zeus, porque, (atención, aquí viene lo bueno), al ser incontrovertible, solo se puede responder con violencia.
    Wow!
    Sí.
    ¿Entonces?
    No hay solución. Siempre habrá gente que, si se siente acorralada por las palabras, si ve que los argumentos contradicen su forma de ver el mundo, se defenderá a golpes.
    Casi es mejor no tener razón.
    A veces es más saludable, sí.

domingo, 7 de julio de 2019

La paradoja de la inteligencia III: La esclava de las pasiones

Noche está subida en la escalera de la librería. Viste una camiseta con un dibujo de Nessie estampado en el pecho. Sujeta un grueso volumen y busca entre sus páginas. El Profesor la mira con atención. Por fin, Noche lee

    Escucha: “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”.
    Ah, el viejo escocés.
    ¿Te das cuenta? Hume, un razonador extraordinario, sabía sin embargo que todo lo que hacemos con la razón es satisfacer nuestras pasiones.
    Porque sabía que a la voluntad no le bastan la razones. Necesita algo más, el deseo, el apetito…
    Exacto: por eso hay gente inteligente que piensa mal, porque la razón no es autónoma: son nuestras pasiones las que nos confunden.
    De alguna forma ya te lo…
    Sin embargo, Hume se equivoca.
    ¡Como osas! –dice el Profesor con gesto impostado y ampuloso.
    Por ti: tú refutas a Hume.
    Jamás.
    Vámonos a la cama.
    Sabes que no…
    ¿Por qué?
    Por muchas razones que…
    Repite eso.
    Por muchas razones…
    Para ser esclava tu razón parece mandar en ti de la hostia.

Se quedan en silencio. Noche baja de la escalera y se acerca al sillón de orejas, donde el Profesor se ha quedado cabizbajo, mirando al suelo, con gesto triste.

    Profesor, no te enfades…
    Noche, no me enfado contigo, me enfado con ese imbécil de Hume. 
   
    Y con esta razón mía tan poderosa.

jueves, 4 de julio de 2019

La paradoja de la inteligencia II: Pensamiento hormiga

Noche se pasea por el salón acunando entre sus brazos, como si fuese un bebé, la cabeza frenológica. Entonces dice

    Volvamos al asunto.
    ¿Qué asunto?
    Gente inteligente que piensa mal.
    Ajá.
    Si los inputs del sistema provienen del exterior y de un modo más bien azaroso… ¿voy bien?
    Perfectamente.
    … lo sorprendente entonces es que alguien piense bien, ¿no?
    Pensamiento hormiga.
    ¿De verdad me estás llamando hormiga? 
    No, claro que no: el pensamiento hormiga, frente al pensamiento lógico-deductivo, consiste en explorar todos los caminos hasta dar con el bueno. Las hormigas no encuentran el alimento gracias a un sesudo estudio de su medio ambiente: simplemente se distribuyen por el mundo hasta que una de ellas localiza algo interesante. Entonces esta vuelve a la colonia y su propio rastro doblemente marcado les da la pista a las demás para acceder al tesoro.
    Joder, entonces no es que pensemos bien.
    No, es que lo pensamos todo. Fíjate en la ciencia: debe de haber científicos explorando los caminos más absurdos, en realidad todos los que pueden imaginarse a partir del conocimiento que actualmente tenemos del mundo. Pero basta que uno encuentre algo bueno para que los demás sepan que ahí hay un filón. Desgraciadamente, la historia de la ciencia solo se fija en los que tienen éxito, pero no nos cuenta los innumerables fracasos de quienes tuvieron éxito una vez y menos de quienes no lo tuvieron jamás. Son millones frente a uno, pero nosotros solo nos enteramos del uno, lo cual nos da una visión muy pobre de la realidad. 
    Profesor, me estás diciendo que la mayoría, casi siempre, piensa mal.
    No: lo que estoy diciendo es que, respecto de lo nuevo, casi todos pensamos mal. Pero pensar sobre lo ya pensado tiene la ventaja de la experiencia. Ahí, para evitar el error, nos basta repetir el argumento
    Pues hay gente que, aun así, piensa mal.
    Lo cual me temo que nos devuelve a la casilla de salida.
    Sí.
    Voy a abrir otra botella, que esto va para largo.
    Yo quiero blanco, fresquito, por favor.
    Sea.

domingo, 30 de junio de 2019

La paradoja de la inteligencia

Noche, sentada en el sofá, mira la cabeza frenológica que, para variar, está encima de la mesa y no en la librería de los tebeos. Dice para nadie, quizá para sí:

    No puedo entender que haya gente inteligente que piense mal.
    Eso es autorreferencial.
    ¿Perdón?
    Tú eres inteligente y estás pensando mal.
    ¿Por qué estoy pensando mal?
    Porque es obvio por qué hay gente inteligente que piense mal.
    Profesor, al grano.
    La inteligencia es un instrumento, un procesador. Sus outputs dependen de sus inputs. Da igual que tengas la máquina perfectamente engrasada: si la alimentas con basura, generará basura.
    ¿Y cómo seleccionamos los inputs?
    Con inteligencia… No, que va, es broma. Los inputs vienen dados por la experiencia personal, por la tradición y la cultura, por lo que pasa alrededor.
    Entonces, ¿qué ponemos nosotros?
    No estoy seguro. Creo que nada, o casi nada. Estar ahí, quizá.  
    Somos el elemento contingente.
    El excipiente.
    Ja, eso mola, el excipiente, ja —le dice divertida Noche al Profesor mientras le quita la cápsula a una botella de vino.


miércoles, 12 de junio de 2019

Joven romántico

Noche hojea un álbum de fotos. De pronto pone cara de sorpresa, acaricia una imagen con la yema del dedo medio y dice

    ¿Este eres tú?
    Describe.
    Primer plano de uno que mira hacia atrás mientras echa humo por la boca.
    Sí, soy yo.
    ¡Eras monísimo! ¿De cuándo es la foto? 
    Tendría veintiséis o veintisiete años.
    Guapito, con tu coleta, matemático, debías ser la bomba.
    Era un idiota.
    Seguro que eras romántico. Te imagino apasionado, vital, lleno de…
    Sí, exacto: un idiota.
    No te pongas cínico.
    No lo pretendo: todos esos adjetivos son sinónimos de irracional.
    A veces la pasión da grandes resultados.
    No: a veces la pasión coincide con grandes resultados. No hay relación causal. La pasión también puede acompañar a grandes fracasos. O a grandes nadas.
    La pasión es lo que nos hace superar dificultades que de otra manera serían insalvables.
    No: la pasión nos hace creer el absurdo de que esos obstáculos eran insalvables pero que nosotros, gracias a nuestra fuerza interior, los superamos pese a todo.
    ¿Quieres decir que no ha habido gente extraordinaria?
    Claro que la ha habido, y la hay, pero no por ser apasionada, sino por ser inteligente.

Noche guarda silencio, pero mira sonriente al Profesor.

    ¿Qué?
    A ver, si en el fondo estoy de acuerdo contigo respecto de la pasión, pero…
    ¿Sí?
    Pues que hay cierta graciosa contradicción en que tú precisamente hables así cuando eres el tipo más apasionado que conozco.
    No veo ninguna contradicción: sigo siendo romántico e idiota.

Noche deja el libro de fotos sobre el sofá, se acerca hasta el sillón de orejas y allí, mientras pasa una mano por la cabeza del Profesor, dice…

    Idiota no, pero un poco tonto…


viernes, 31 de mayo de 2019

Fe II

Noche ha cogido un palo largo y con él abre surcos en la pintura que ha tirado sobre la tela. El Profesor sigue mirándola. Noche se para y dice

    Pero, si no les interesa la razón, ¿por qué discuten?
    Para convencerte.
    Muy bien, genio, pero, ¿por qué ese interés en convencerme? ¿No es extraña esa obsesión de los creyentes por promover la fe de los demás?
    Es la fe mimética.
    ¿Perdón?
    La fe solitaria no se sostiene, pero la fe compartida es sólida y poderosa. Creemos en lo que creen los demás. Uno puede estar equivocado, pero muchos no.
    Así, cuantos más crean a su alrededor más convencidos estarán de su propia fe.
    Es la democracia de la creencia.
    Profesor, estamos diciendo que intentan convencer a los demás para estar ellos más seguros de sus fantasías.
    Sí.
    Uf.

domingo, 26 de mayo de 2019

Fe I

Noche está vestida con su mono de pintar y arroja con verdadera furia montones de pintura a un enorme lienzo que ha colocado horizontalmente sobre el suelo. La pintura, ni sólida ni líquida, impacta con el lienzo formando grumos, explosiones, estelas.

El Profesor, sentado en el sillón de orejas, la observa. En cierto momento dice

    Noche, ¿qué ha pasado?
    Un imbécil me ha dicho que yo, en el fondo, creo.
    ¿Crees qué?
    Pues en dios, en qué va a ser.
    Pero no crees.
    Pues claro que no, qué tontería. 
    ¿Entonces?
    Pues que el tipo se ha atrevido a decirme lo que realmente pasa en mi cabeza, el muy hijo de puta se ha jactado de saber lo que pasa en mi cabeza y se ha atrevido a decírmelo y a…
    Contexto. 
    Estábamos hablando de la existencia de dios: me acababa de soltar el argumento de que todo tiene una causa y que por tanto debe haber un dios causa del universo. Cuando le contesto lo clásico, que, en tal caso, dios también debería ser efecto de una causa previa, me suelta que yo, en el fondo, pese a esconderme tras todos esos argumentos, tengo fe. Hijo de puta…
    Le has dejado sin salida, has desmontado su débil chiringuito argumental: en términos técnicos: has hecho que se le caigan los palos del sombrajo.
    ¿Y?
    Pues que los animales, cuando nos vemos acorralados, nos revolvemos a la desesperada. ¿Acaso pretendías que te diese la razón?
    Naturalmente.
    Noche, ¿de verdad crees que si les interesase lo más mínimo la razón seguirían creyendo?
    Wow.