lunes, 21 de septiembre de 2020

In-finito

Noche curiosea en su caja de tesoros. De pronto dice

    B…, ¿si pienso en el infinito quiere decir que está en mi mente?

    No. Tan solo le has añadido un prefijo a la palabra finito.

    Pero ese prefijo niega lo finito, luego se refiere a lo no finito.

    Tan solo es un truco. Piensa que finito se refiriese al contenido de tu caja de tesoros.

    De acuerdo.

    ¿Puedes enumerar su contenido?

    Sí.

    Luego tu mente lo abarca.

    Sí.

    Ahora niega tu caja de tesoros: infinito querrá decir entonces todo lo que no está en la caja.

    Cierto.

    Pues enuméralo.

    ¿El qué?, ¿todo lo que no está en mi caja?

    Sí, eso a lo que hemos llamado infinito.

    B, es imposible.

    Ahí tienes la diferencia.

    Wow.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Gesto dramático

B parece escuchar con atención, aunque no sabemos qué. Noche, con gesto crispado, lee las noticias en una tableta. De pronto, dice

    ¿No has soñado nunca con hacer un gesto dramático, uno que acojone al mundo?

    Una vez sinteticé en una palabra la complejidad del cosmos.

    Sí, eso está muy bien, pero me refiero a algo más físico, más agresivo, tipo puñetazo en la mesa.

    Entiendo. Otra vez leí de alguien que quería “ver destruido el orden de este mundo” y pensé que yo también.

    Sí, pero no. Quiero decir un gesto que sea realmente destructivo, irreversible.

    Soy hombre de palabras. Las navajas son para mí de la misma sustancia que unicornios y sueños.

    Las palabras pueden doler como cuchilladas.

    Pero tienen que ir cargadas de odio.

    ¿Nunca has odiado lo suficiente?

    Digamos que nunca he odiado nada que me interesase lo suficiente como para gastar tiempo en la lucha.

Noche cierra la tableta y la deja sobre el sofá. Algo no le cuadra. Durante unos segundos emite un ronquido sordo y continuado. Por fin dice

    Y el veneno que se queda dentro, ¿qué haces con él?

    Mastico hojas de sardonia.

sábado, 12 de septiembre de 2020

El autor

Noche, en la mesa de dibujo, trastea con Google Maps. Desde el sillón de orejas, B, que acaba de recitarse a sí mismo los tres mil ciento ochenta y dos versos del Beowulf, le pregunta

    Sigues buscándole.

    Mientras le busco siento como si estuviera.

    Yo especulo inversamente: no debe estar muy lejos si nosotros seguimos siendo.

    ¿Acaso somos imaginaciones suyas?

    Es una posibilidad.

    ¿Y si fuésemos soñados los tres?

    ¿Por quién?

    No sé… ¿por un autor?

    Has leído a Berkeley.

Noche se ríe relajadamente, como si se liberase de una tensión interna y dice

    Pues claro que he leído a Berkeley. ¿Y tú?

    Descarada.

lunes, 7 de septiembre de 2020

La indigencia del idioma

B sonríe y, al hacerlo, parece imitar al gato de Chesire. Noche lleva una camiseta con un Diógenes, farol en mano, estampado en el pecho. Da vueltas por el cuarto. De pronto dice  

    ¿Qué puede estar haciendo?

    Buscar metáforas.

    ¿Dónde?

    Fuera.

    ¿Por qué fuera?

    Porque las metáforas son saltos de la imaginación, conexiones sorprendentes, resonancias inesperadas, y todo eso hay que buscarlo fuera, más allá, por ahí.

    No me puedo creer que el Profesor no tenga palabras suficientes para expresarse.

    La metáfora es consecuencia de la indigencia del idioma.

    ¿Tú hablas de indigencia del idioma?

    ¿Nunca te han faltado las palabras?

    Sí, pero a mí aún me faltan muchas por aprender.

    La broma es que todas no son suficientes.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Ser B

Noche está sentada en el sofá, con las manos apoyadas en las piernas y la mirada al frente. B, desde el sillón de orejas, contempla la nada que se extiende infinita ante él. Entonces dice

    ¿Y tu amigo?

    No sé nada de él desde hace dos meses.

    Mucho tiempo.

    Sí. Nunca había pasado tanto sin hablarme.

    Quizá no tenga nada que decir.

    No hace falta decir nada para estar juntos.

    Los hombres como él necesitan tener cosas que decir.

    Tú no.

    Al contrario: está en mi naturaleza tener qué decir. Por eso suelo callar.  

Noche abandona su envarada postura y se hace un ovillo en el sofá. Cuando aparece que se está quedando dormida, dice

    ¿Volverá?

    Seguro que sí. Y lo hará cargado de nuevas historias.

    ¿Cómo lo sabes?

    Porque quiere ser yo.

    Pero no puede.

    Ya, pero él aún no lo sabe.