martes, 26 de mayo de 2020

¿Dónde está B?

Dice Noche

    B no está.
    No.
    ¿Te has preguntado dónde está B cuando no está aquí?
    La verdad es que siempre parece estar en otro sitio.
    Sí, así es el tipo, pero yo no hablo de cuando está aquí pero parece estar en otro sitio, digo cuando realmente no está, cuando realmente está en otro sitio. ¿Qué sitio es ese? ¿Dónde está?
    ¿En su casa? —pregunta sarcástico el Profesor.
    No sé nada de que tenga una casa.
    Aunque no sepas es lo normal pensar que tiene una… Pero, oye, ¿no era amigo de tu familia?
    Sí, pero hacía lo que aquí: simplemente aparecía.
    O desaparecía.
    Aunque nunca del todo.
    Es curioso que digas eso…
    ¿Por qué?
    Porque cuando hablamos de él cambiamos el tono, como si estuviera.
    No es el tono.
    ¿No?
    Son las palabras. En presencia de B las usamos de otra manera —explica Noche.
    O en su ausencia.
    Es que nunca está ausente del todo y por eso…
    Ya.





martes, 19 de mayo de 2020

Elegancia

En la pantalla extradiegética se ve un poliedro flotar y girar lentamente mostrando su estructura irregular. El Profesor, que anda trasteando con el ordenador, acaba de chasquear los dedos y de pronunciar al tiempo un “sí” alto y enérgico. Noche se le acerca por detrás, mira la pantalla y dice 

    ¿Lo tienes?
    Sí.
    ¿Cómo lo sabes? Yo sigo viendo el mismo dibujo.
    Sí, pero el dibujo no es más que fachada. Ahora conozco su estructura, ahora sé cómo es.
    ¿Y cómo sabes que sabes?
    Porque he entendido su elegancia.
    ¿Elegante? Seguimos hablando del poliedro, ¿no?
    Sí.
    Define elegante en este contexto, por favor.
    Es una mezcla de sencillez, necesidad y simetría.
    Wow.
    Sí.

Noche se queda en silencio, pensando, hasta que pregunta

    ¿Y yo? ¿Soy todo eso?, ¿soy sencilla, necesaria y simétrica?

El Profesor se quita las gafas de présbita, se levanta y, mientras se dirige a la cocina, pregunta

    ¿Un vino?
    Eh, no te escabullas, y contesta, ¿lo soy o no lo soy? Dime, ¿soy sencilla y…?

domingo, 10 de mayo de 2020

Trabajo

Noche calma al Profesor, que se ve agitado. Pasados unos segundos, más tranquilo, dice

    Por un momento me he olvidado de nosotros.
    Muy bonito.
    No, no te lo tomes a broma. Por un momento he olvidado esto, este lugar, nosotros, a B, los libros, el sofá y el sillón de orejas, lo he olvidado todo, te he olvidado a ti.
    ¿Y?
    ¿Cómo que y?
    Sí, que si habías olvidado todo esto, ¿qué eras?, ¿quién eras?, ¿dónde estabas?
    Estaba ocupado, haciendo cosas, trabajando…
    Pero ¿quién eras?
    En realidad no era nadie, tan solo era uno que trabajaba, uno que hacía…
    Cariño, te has soñado enajenado.
    Ha sido horrible.
    Si quisieras, yo sé cómo quitarte la tontería.
    No te aproveches.
    ¿Y un vino?, ¿me aceptas un vino?
    Gracias.

sábado, 9 de mayo de 2020

Un futuro a la espalda

El Profesor está mirando el ordenador. Con la mano izquierda hace movimientos como si marcase un ritmo musical. Un simple cuatro por cuatro, para ser exactos. Noche, subida a la escalera de la librería, hojea un libro. Pone gesto de haberlo encontrado y, desde allí arriba, dice

    Hoy, andando por la calle, he visto el futuro.
    ¿?
    Al doblar la esquina, enfilar la calle y ver a lo lejos el portal he pensado que en unos minutos iba a estar aquí. Entonces me he dado cuenta de que estaba teniendo una visión del futuro.
    Qué chulo: por eso siempre colocamos el futuro por delante.
    Exacto. Pero mientras venía al encuentro del futuro, me he preguntado si sería universal, si colocar el futuro por delante sería una constante. Pues no: acabo de encontrar que hay pueblos que sitúan el futuro detrás.
    ¿Detrás? ¿Por qué?
    Profesor, piénsalo, la metáfora es potente: frente al pasado conocido, el futuro es lo desconocido, lo que no podemos ver. Lo que está a nuestra espalda. Lo que vemos, lo conocido, es el pasado.
    Tienen claro que caminamos a ciegas.
    Literalmente de espaldas.
    ¿Quiénes son?
    Los indios aimaras.
    Sabios.

lunes, 4 de mayo de 2020

Atajos

El Profesor trastea con el ordenador, B parece aproximarse al agujero negro del núcleo galáctico y Noche juega con el tarot en la mesa de café. En la pantalla extradiegética vemos al ahorcado, al loco, a la estrella, al ermitaño… 

    ¿Por qué cree la gente en lo fantástico?
    ¿Lo fantástico?
    Sí, en que la lotería les va a resolver la vida; en que un medicamento milagroso les va a salvar de la muerte; en que un vidente va a leer su futuro en las cartas; en que alguien va a descubrir en ellos un talento extraordinario; en que una página de internet les va a revelar una verdad oculta durante siglos; en que van a ligar con un pibón; en que, tras la muerte, les esperan todas las recompensas; en que…
    Porque necesitan creer en atajos.
    ¿Atajos?
    Sí, atajos que eviten el trabajo, la lucha, el dolor, la frustración, incluso las imposibilidades. Cuenta la leyenda que el rey Ptolomeo le preguntó a Euclides si no había un camino más fácil para aprender todas aquellas matemáticas, a lo que el matemático le contestó que no había caminos reales para la geometría.
    Yo entiendo que Ptolomeo preguntase: a fin de cuentas, estaba acostumbrado a que todo le fuese fácil, pero no puedo entender que la gente normalita crea en atajos. No hay tanta gente de la realeza.
    Eso te pasa precisamente porque eres una privilegiada.
    ¿Perdón?
    Eres inteligente, educada, joven y hermosa. Para ti todo es posible: tu futuro está abierto. Es verdad que tu vida puede ser un asco, pero también puede ser exitosa, dichosa, rica. No necesitas milagros. Pero, para la mayoría, la vida es una carrera de obstáculos insuperables. Para la mayoría el futuro es una mierda casi con seguridad.
    Salvo que se produzca un milagro.
    Exacto.
    Pero se engañan, sus esperanzas son fantasías, solo eso, fantasías, autoengaños. Los milagros no existen.
    Sin duda.

Quedan en silencio hasta que Noche pregunta

    ¿Tú te autoengañas?

El Profesor se levanta, se lleva la mano izquierda al pecho mientras que levanta la mano derecha con la palma de la mano hacia arriba para componer un gesto dramático y decir

    ¿Qué si me autoengaño? ¿Y tú me lo preguntas? Mi autoengaño eres tú.
    Vale, poeta.