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martes, 26 de octubre de 2021

El regalo

En el suelo se ve un trozo de papel de regalo rasgado, una caja de cartón y una hoja de plástico de burbujas. Encima de la mesa baja descansa un disco cristalino de unos cuarenta centímetros de diámetro y un par de centímetros de grosor. Noche y el Profesor están sentados en el sofá, frente al disco.

    ¿Me has traído una bandeja?
    Lo parece, pero es algo más. Es un amplificador de sueños.
    ¿Perdón?
    Bueno, aunque lo llaman así en realidad no es eso…
    Ya me parecía a mí.
    … sino un visualizador de recuerdos, de pensamientos y también de sueños, naturalmente, si los recuerdas. Cuando le coges el tranquillo y aprendes a concentrarte, el aparato puede visualizar incluso sensaciones.
    Pero eso es fantástico, ¿no?
    Sí, desde luego. Vamos a probarlo.
    ¿Lleva pilas?
    No: funciona con el calor de las manos. Mira.

El Profesor pone los dedos sobre el cristal. Casi inmediatamente el centro del círculo se ilumina y surge de él una nube de destellos, de chispas. En la nube se adivina una imagen. Esta gana rápidamente nitidez y se puede ver al Profesor en una habitación con vistas al mar. Está mirando por un catalejo a través de la ventana, quizá algún lugar de la playa cercana. La escena se deshace en destellos para fundirse lentamente en otra que muestra la orilla de la playa. En la arena mojada se aprecian unas pisadas que salen del mar. Con cada nueva ola las pisadas se desdibujan un poco hasta que, por fin, desaparecen. La imagen se disuelve entonces en destellos y estos son absorbidos por el cristal.

    Wow.
    Sí —contesta el Profesor con gesto cansado.
    ¿Un sueño?
    Sí. Recurrente.

martes, 17 de diciembre de 2019

Especias

Sobre la mesa del sofá se ven montones de pequeños saquitos que contienen hierbas y especias. Noche coge uno, cierra los ojos, se lo acerca a la nariz, asiente, lo deja donde estaba y repite la operación con otro saquito. En esto entra el Profesor y pregunta

    ¿Y esto?
    Ven, huele.

Noche le acerca el saquito que tiene entre las manos al Profesor y este aspira sobre él.

    ¿Qué te sugiere?

El Profesor también cierra los ojos mientras parece esforzarse por recordar. Entonces dice

    Las Molucas, piratas, el Índico, galeones, el Mónzón de verano, Vasco de Gama, el Cabo de Buena Esperanza, selvas y volcanes, la Compañía de las Indias Orientales, caravanas y caravasares, Indonesia, el Monzón de invierno, mercaderes, Mascate, Áqaba, carabelas, Drake… Y el clavo de olor. 

Noche mira al Profesor, aparta de sus narices el saquito, coge otro, se lo acerca y le dice

    Venga, dale ahora con este.     


domingo, 21 de julio de 2019

El mar de arriba

Noche está viendo en un gran libro fotografías del mar: tormentoso, luminoso, encrespado, en calma, solitario, en amaneceres y crepúsculos, plagado de peces voladores, de sampanes y columnas rocosas, de barcos mercantes…

    De cría pensaba que, igual que hay un mar abajo, hay un mar arriba. Así me explicaba yo que tengan el mismo color el mar y el cielo. Y que llueva, porque me imaginaba yo que el cielo a veces se rompe, quizá por culpa de las nubes, y deja escapar el agua de lluvia por los desgarrones del velo que lo mantiene embalsado allí en lo alto.
    Qué bonito.
    Un día, hace tiempo, leí que algunos griegos antiguos habían pensado lo mismo.
    Quizá no haya nada que no hayan pensado antes los griegos.
    Al principio me hizo ilusión…
    Pero…
    … luego me sentí defraudada. Cuando aprendí en el colegio que arriba no había ningún mar, que el color del agua del mar es reflejo del color del cielo y que la lluvia proviene de las nubes lo entendí y lo acepté sin problemas: el mar de arriba se convirtió en mi mar, en mi leyenda privada. Por eso no me gustó saber lo de esos malditos griegos.
    Te hubiesen gustado.
    ¿Quiénes?
    Los griegos.
   
    Piénsalo: tenéis mucho en común. De hecho, todo un mar.

Noche se queda pensativa hasta que, de pronto, su cara se ilumina. Entonces se acerca hasta el Profesor, le abraza por detrás y le dice bajito, al oído

    ¿Sabes qué?: tienes razón. Gracias.

lunes, 25 de febrero de 2019

Horizonte

En la pantalla extradiegética se ve el cuadro Green on Blue de 1956 de Rothko. Noche está en el centro del salón, pintando lo que parece un mar tormentoso visto desde un acantilado. El Profesor la mira desde el sillón de orejas.

    Noche, explícame a Rothko.
    Es la abstracción perfecta: redujo el universo a su quintaesencia, a esa frontera entre dos colores que es el resumen de todo. ¿Qué hace que existan formas, diferencias, lo uno y lo otro? Fronteras que separan, que delimitan. La diferencia se reduce a eso, a una frontera, a un horizonte, y todo, encuentros y desencuentros, todas las emociones pueden entonces verse como el contraste entre dos colores. A eso dedicó Rothko su vida, a explorar los contrastes, a desentrañar la sintaxis del cosmos.
    Me gusta más lo que me has contado que lo que me dice Rothko.
    Yo te he hablado de Rothko.
    No, me has hablado de lo que tú crees ver en él, pero sospecho que tú has puesto en el discurso más que él.
    ¿No mirarás ahora sus cuadros de otra manera?
    No creo: aunque tenga tus palabras en mi cabeza, seguiré viendo dos colores yuxtapuestos con más o menos posibilidades decorativas y un contenido semántico cercano al cero.
    Profesor… Hay cuadros que te sobrecogen como un templo, otros que te abrazan como un amigo, los hay inquietantes, los hay en los que suena el mar. Hay cuadros de Rothko que lloran, y otros que parecen mirarte mudos desde el más allá. En algunos presientes la muerte, en otros atisbas como un débil rayo de luz, como un efímero momento de felicidad.
    Eres increíble.
    Lo sé.

viernes, 7 de diciembre de 2018

El futuro

Noche y el Profesor, sentados en el sofá, ven en la televisión imágenes de guerra, de trozos de glaciar que se precipitan al mar, de masas de gente vagando por carreteras desoladas, de campos de refugiados, del mar de plástico. Las imágenes se ven en la pantalla extradiegética, pero no se oyen.

    El futuro es horrible.
    El futuro no es, Profesor.
    Pero será, y será horrible. Y perdóname la crudeza, pero no vale engañarse: la superpoblación, la contaminación, el calentamiento global, la globalización, las migraciones masivas, el agotamiento de los recursos naturales, los conflictos armados, el Big Data… No voy a seguir con una lista que podrías elaborar tú misma, pero el mundo se encuentra en una situación terrible, con problemas de una magnitud nunca vista y sin que se vislumbren soluciones razonables. Y lo peor es que los habitantes de ese futuro no parecéis conscientes de lo que os espera.
    Profesor, tienes un error de perspectiva. Ese futuro del que hablas no es tu futuro. De hecho tu futuro es este ahora que vivimos, es ahora cuando está viviendo el tiempo que soñaste de joven. Y resulta que te parece horrible, porque no es, desde luego, ni parecido a lo que soñaste.
    Completamente de acuerdo, pero es que tu futuro será peor y, perdóname de nuevo, pero…
    Ahí es donde te equivocas. Cuando hablas de mi futuro te imaginas a ti mismo en él y extrapolas tu decepción ante la realidad. Pero es a mí a quien deberías imaginar. Tú es posible que dentro de unos años, ya viejito, extrañes el cielo azul, las verdes praderas y los riachuelos de aguas cristalinas y me cuentes batallitas de cuando visitabas aldeas perdidas en las montañas, pero, con las mismas, posiblemente yo viva todo eso, y mucho más que ni imaginas, enchufada a una máquina de realidad virtual.
    Pero nada en esas experiencias será auténtico.
    Mira, ahí exactamente puede estar la diferencia generacional, esa importancia fetichista que le dais a la autenticidad. Miráis lo auténtico como si poseyese alguna especie de cualidad espiritual añadida. Pero, ¿sabes?, a nosotros eso nos importa bastante poco.
    Hace poco me hablabas del hechizo de subirte a un DeLorean.
    Claro que sí, pero nunca le hubiese pedido el certificado de autenticidad al dueño.
    ¿Quieres decir que os conformáis con simulacros?
    No: quiero decir que los simulacros pueden ser más informativos, emocionantes y enriquecedores que vuestros objetos auténticos: tú puedes sentirte sobrecogido ante el cuadro de La Gioconda, visto a cinco metros de distancia y a través de un bosque de palos de selfie, pero yo prefiero la copia digital de altísima resolución que me permite apreciar cuando y donde quiera cada una de las pinceladas de Leonardo.
    Ya… Supongo que habéis descubierto que nuestra autenticidad nunca lo fue del todo. De todas maneras, ¿no estás siendo muy optimista?
    Profesor, sabes que no lo soy, pero intento ajustarme a los hechos: vosotros, vuestra generación, habéis fracasado. Eso un hecho. Pero nosotros aún no. Eso es otro hecho.