Se escucha
The Talking Drum, de King Crimson. Entra Noche, descalza y en
bragas. Lleva una camiseta con la portada del
In the Court of the Crimson King impresa. El Profesor, camisa blanca
de lino, vaqueros también blancos, descalzo y con los pies apoyados en un
escabel, lee en el sillón de orejas
A la
sombra de las muchachas en flor.
—
¿Otra vez King Crimson?
—
¿Perdón?
—
Que si otra vez King Crimson.
—
Sí.
—
¿No te cansa?
—
No. En realidad no lo escucho.
—
¿Entonces, para que lo pones?
—
Apaga los demás ruidos.
—
¿Qué ruidos?
—
Los del mundo.
—
Pero escuchas ese ruido, el
que hace King Crimson.
—
No, ya te he dicho que no lo
escucho.
—
No me vaciles.
—
No, es verdad, no lo escucho,
no es algo que reclame mi atención si yo no quiero. Me lo sé de memoria, no hay
sorpresas, nada que me perturbe. Estoy tan identificado con la música de King
Crimson que me resulta tan familiar como, no sé, como los sonidos del aire, del
mundo, no sé, de…
—
Como los latidos de tu
corazón.
—
Eh, sí, eso es exactamente, como los latidos de mi corazón —dice
el Profesor, sorprendido.