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martes, 16 de agosto de 2022

Uno de esos momentos

La oscuridad del salón apenas se ve rota por el rubor del crepúsculo. Por la ventana entra una suave brisa con olor a jazmín. Noche, sorprendida, dice

—    Wow! Huele a flores.
—    Jazmín. Sí.

Noche y el Profesor, sentados en el sofá, hombro con hombro, beben vino blanco.

—    Este vino es nuevo.
—    Sí, es un sauvignon blanc que me ha regalado Lorenzo.
—    Está riquísimo.

Noche apura la copa y se la presenta al Profesor. Entonces este se incorpora, saca la botella de la cubitera, la rodea con un paño para que no gotee y le echa más vino dorado. Brindan, dan un sorbo, dejan las copas sobre la mesa y vuelven a apoyarse uno en el otro.

—    ¿Eso que suena? ¿Mompou?
—    Sí, la Música callada.
—    …
—    …
—    ¿Sabes qué? Voy a cerrar un poco los ojos… —dice Noche mientras se acurruca bajo el brazo del Profesor.
—    Duerme tranquila. Cuando despiertes seguiré aquí.
—    Vale, dinosaurio.

 

 

miércoles, 13 de abril de 2022

¿Me quieres?

Noche lleva una camiseta con un corazón roto estampado en rojo sobre fondo negro. Hojea en la tableta páginas turísticas de París, de Laponia, del Mato Grosso. De pronto pregunta

—    ¿Me quieres?
—    Claro.
—    ¿Te parece esa una contestación?
—    No sé contestar de otra manera cuando me preguntas algo que sabes.
—    A veces hay que explicitar lo implícito, renovar eso que se supone que sabemos, decir en voz alta lo obvio…

El Profesor se sienta en el sofá al lado de Noche. Coge un mando a distancia y se pone a teclear. En la pantalla extradiegética se ven listados de carpetas que se abren en subcarpetas que se abren en subcarpetas. Por fin el cursor se fija en King Crimson Starless. Entonces la música empieza a sonar. Al poco, las lágrimas resbalan por las mejillas del Profesor.

Noche le coge de la mano y dice

—    Profesor, lo entiendo. Yo también te quiero.


domingo, 12 de enero de 2020

La consagración

En la pantalla extradiegética se ve la coreografía de Pina Bausch para La consagración de la primavera de Stravinsky. Noche baila en paralelo en el centro del salón. El Profesor la mira. De pronto dice

—    Lo echo tanto de menos...
—    ¿El qué?
—    Ser como tú.

Noche, que se había parado para contestar al Profesor, vuelve a bailar al son de la pantalla extradiegética, la cual, al menos en lo musical, hay que entender diegética, y dice

—    ¿Has sido alguna vez como yo?
—    Jamás.


domingo, 5 de enero de 2020

La melodía perfecta

Noche, descalza y vestida con su mono negro de tocar la flauta, toca la flauta. Parece Anderson. De pronto una nota suena terriblemente mal. Noche deja de tocar y dice

—    Se me ha ocurrido… Piensa en esas melodías que en cierto momento te llegan de un modo total, te colonizan y te hacen sentir pleno, como si fuesen una manifestación completa de ti mismo.
—    Cada vez me recuerdas más a mí.
—    Me lo tomaré como un cumplido. Pero, ¿sabes a qué me refiero?
—    Perfectamente.
—    Entonces imagínate ahora una máquina capaz de crear esa melodía perfecta para ti en cada instante.
—    ¿En cada instante?
—    Sí, porque la melodía se desarrolla en el tiempo, y a medida que el tiempo pasa su escucha te cambia, eres otro, y por tanto tu melodía perfecta es otra. Por eso la máquina, atenta a los cambios de tu sensibilidad, va modificando en tiempo real la melodía para adaptarla a ti.
—    Eso me convertiría…
—    ¿Sí?
—    En un perfecto idiota feliz.
—    Exacto. La pregunta ahora es, ¿eso es bueno o no?
—    Me estás preguntando si ser un idiota feliz es bueno.
—    Sí.
—    Yo no puedo saberlo.
—    Pero mira que eres engreído.
—    Es que no soy feliz.
—    Perdón…

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Cuando las cosas dejaron de ser como eran

Noche viste leggins y top deportivo de un negro riguroso. Está descalza y toca la flauta travesera en el centro del salón. La partitura que lee en el atril podría ser de Carl Philipp Emanuel. De pronto se para, mira al Profesor, que la mira desde el sillón de orejas, y dice 

—    Hoy le he escuchado a una señora decir que las cosas ya no son como eran.
—    Eso es verdad.
—    ¿Cuándo dejaron las cosas de ser como eran?
—    Cuando nos olvidamos de cómo eran y nos las empezamos a inventar.
—    ¿Antes eran mejores?
—    No me acuerdo.
—    Venga ya.
—    No, no eran mejores: tú no estabas.

Noche se lleva la embocadura de la flauta a los labios y vuelve a hacerla sonar, aunque ahora con una sonrisa en los ojos.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Los paisajes de lo posible

Suena Starless, de King Crimson. El Profesor escucha con los ojos cerrados desde el sillón de orejas. Noche, que pinta un cielo estrellado, se para de pronto y dice

—    El otro día me dio por pensar en todas las melodías que tararearon sus autores antes de llegar a la que nos enseñaron, en todas las melodías provisionales que existieron durante meses o apenas segundos antes de que la melodía definitiva recibiese el visto bueno de su creador. ¿Te imaginas cuántas variantes se han perdido tras reducirse las posibilidades a tan sola una? Es como si en un paisaje montañoso nos quedásemos con una sola cima para representar a todas las demás. Qué pérdida. Quizá la que quedó, la vencedora, fuese la mejor, no lo sé, quizá no, pero, en cualquier caso, no puedo evitar sentir como una pérdida no saber de esas alternativas, de todos esos matices que han quedado arrasados por la melodía superviviente, quizá la más trivial: a fin de cuentas, quién sabe por qué quedó la que quedó. Puede que la que hubiese tocado más profundamente mi sensibilidad fuese la penúltima versión, o la anterior, quién sabe si la primera. Cuando una melodía nos gusta, ¿no será que adivinamos esa otra melodía que el autor rechazó por torpeza o por ambición? A veces nos llegan registros de esas primeras versiones, de esas primeras búsquedas, y siempre sentimos cierta aspereza en ellas a diferencia de la cálida redondez de las versiones definitivas. Pero, esa redondez, ¿no será la trampa en la que cayó el autor? ¿No será la facilidad frente a la dificultad? ¿No será una concesión al éxito? Desde el otro día siento la pobreza de las obras selectas, siento que al seleccionar estamos despojando al mundo de su densidad.

El Profesor abre por primera vez los ojos, se levanta, va hasta la librería y coge con cuidado de la última balda de abajo a la derecha una gran caja de plástico gris y de aspecto pesado. La lleva hasta la mesa del sofá y llama con un gesto a Noche, que se sienta a su lado. La caja tiene varios cajoncitos de escasa altura y tan anchos como la propia caja. El Profesor los va sacando ante la mirada de Noche y los coloca sobre la mesa. Están llenos de cristales minerales, decenas y decenas de cristales minerales, transparentes, translúcidos, opacos, algunos de un verde intenso, otros rojos como la sangre, otros azules como el mar en medio de la tormenta. Noche los mira sin que parezca saber dónde detener la mirada: ve yesos trasparentes, vanadinitas naranjas, fluoritas violetas, octaedros de magnetita, prismas de turmalina, jacintos biterminados, piritas dodecaédricas, bismutos de tolva, maclas de aragonito, mamas de malaquita, esmeraldas, azuritas, rubíes de brillo hipnótico, microcristales de calcedonia, geodas de amatista, drusas de cuarzo… 

Por fin, con gesto cansado, Noche le pide permiso al Profesor y coge con delicadeza un trozo de galena metálica y azulada que observa durante largo rato antes de quedarse dormida.


martes, 19 de febrero de 2019

Comida japonesa

En medio del salón hay un velador. Sobre él se ven dos copas, una alargada botella de vino blanco con brillos dorados y varios platillos con comida japonesa: makis de pez mantequilla, nigiris de salmón, shashimi de atún rojo, tempura de verduras, alga wakame y brochetas de pollo teriyaki. En lados opuestos del velador, Noche y el Profesor escogen los bocados con sus palillos de marfil. Se oye la voz de Abbey Lincoln mientras en la pantalla extradiegética crepita el fuego en una chimenea que es la que da la única y temblorosa luz a la escena. Noche dice

—    ¿Has probado el atún?
—    Espectacular: se deshace en la boca.
—    ¿Y este vino?
—    Me lo ha traído Lorenzo.
—    Empiezo a sentir algo por tu amigo.

El Profesor rellena las copas. Noche se lleva a la boca con los palillos un trozo de tempura mojado en salsa de soja y lo paladea con placer. Al rato dice

—    ¿Qué bien?, ¿no?
—    Sí.

Empieza a sonar Down Here Below. El Profesor se levanta, le ofrece la mano a Noche, esta se levanta, se abrazan y bailan lentamente. Sin despegar su cabeza de la del Profesor, Noche dice

—    Profesor, ¿por qué somos infelices?
—    Porque somos insaciables.
—    Yo podría acostumbrarme a esto.
—    Ese es el problema, Noche.

viernes, 25 de enero de 2019

Avatar

El Profesor se ha quedado dormido en el sillón. Su mano izquierda aún sujeta el Bhagavad-gita. En la pantalla extradiegética se ve a Noche vestida de negro de pies a cabeza con un mono ajustado y cerrado hasta el cuello. Está tocando la flauta travesera, que brilla como un horizonte de plata. Se apoya únicamente en la pierna izquierda mientras mantiene la derecha levantada y doblada para apoyar el pie de esta en la corva de aquella.

De pronto nuevos brazos surgen de su espalda y se abren a su alrededor en abanico llenando con su movimiento toda la imagen con los colores del arco iris.

Los pares suplementarios de brazos danzan, independientes y ondulantes, al ritmo de la música de Noche, que sigue tocando.

El Profesor se despierta. Noche dice

—    Soñabas.
—    Sí.
—    Seguro que conmigo.
—    En realidad, con Krishna.

Noche junta en vertical las palmas de sus manos, cruza en perpendicular una pierna por delante de la otra, flexiona la rodilla, inclina levemente la cabeza y sonríe.




domingo, 11 de noviembre de 2018

Apolo y Dionisos

Noche y el Profesor están sentados en el sofá y sujetan cada uno una copa de vino. Sobre la mesa se ve la botella. Se escucha música para dos violas de gamba de Marin Marais. Noche da un sorbo, pone cara de pensar y pregunta

—    ¿Apolo o Dionisos?
—    Dionisos por vocación, pero Apolo por constitución.
—    ¿?
—    La idea de la embriaguez dionisiaca me resulta atractiva como idea filosófica, pero lo cierto es que me aburren las fiestas.
—    No quiero ni imaginarte de niño.
—    Repelente.
—    Ya, pobre mío… Yo, sin embargo, la verdad, nunca he entendido la contradicción. No creo que haya nada más racional y que contribuya más a nuestro equilibrio que explorar el lado más orgiástico y arrebatado de la existencia. Son dos caras de la misma moneda. No habría misterio en la oscuridad sin la luz de la mañana. Ni podríamos hablar de la elegancia del arte si no supiésemos de los cuerpos sudorosos.
—    Qué bonito eso… Sí, tienes razón, todos tenemos nuestra parte apolínea y nuestra parte dionisiaca, pero también es verdad que en la mayoría una parte puede a la otra y la acaba asfixiando.
—    No sé. No creo que el problema sea que lo apolíneo aplaste lo dionisiaco o al revés: el problema es que nos reprimimos y no dejamos que nada se muestre en plenitud.
—    Tenemos miedo.
—    ¿Miedo, Profesor?
—    A la resaca.
—    Hace un par de años pasaba el verano en un pueblo. Recuerdo que en una fiesta la música y el vino me emborracharon como nunca. La noche era cálida pero una brisa fragante soplaba sobre el mador de la piel. Me fui de la fiesta, me metí en un bosque y acabé bailando desnuda en un calvero a la luz de la luna. Daba vueltas como loca y reía como loca. Sin embargo, nunca me he sentido más armoniosa y más elegante que aquella noche.
—    La próxima vez avísame.
—    ¿La próxima vez?
—    Sí, la próxima vez que hagas eso del calvero.
—    ¿Quieres un anticipo? 
—    Deja, deja, no vaya a ser que te enfríes.

jueves, 25 de octubre de 2018

Música de fondo

Se escucha The Talking Drum, de King Crimson. Entra Noche, descalza y en bragas. Lleva una camiseta con la portada del In the Court of the Crimson King impresa. El Profesor, camisa blanca de lino, vaqueros también blancos, descalzo y con los pies apoyados en un escabel, lee en el sillón de orejas A la sombra de las muchachas en flor.

—    ¿Otra vez King Crimson?
—    ¿Perdón?
—    Que si otra vez King Crimson.
—    Sí.
—    ¿No te cansa?
—    No. En realidad no lo escucho.
—    ¿Entonces, para que lo pones?
—    Apaga los demás ruidos.
—    ¿Qué ruidos?
—    Los del mundo.
—    Pero escuchas ese ruido, el que hace King Crimson.
—    No, ya te he dicho que no lo escucho.
—    No me vaciles.
—    No, es verdad, no lo escucho, no es algo que reclame mi atención si yo no quiero. Me lo sé de memoria, no hay sorpresas, nada que me perturbe. Estoy tan identificado con la música de King Crimson que me resulta tan familiar como, no sé, como los sonidos del aire, del mundo, no sé, de…
—    Como los latidos de tu corazón.
—    Eh, sí, eso es exactamente, como los latidos de mi corazón —dice el Profesor, sorprendido.

lunes, 22 de octubre de 2018

Arlequín y Pierrot

Noche esta disfrazada de Arlequín y el profesor de Pierrot.

—    ¿No deberías ir de Colombina?
—    ¿Por?
—    Bueno, Colombina es chica, mientras que Arlequín es chico.
—    Me sienta mejor el traje de Arlequín —dice Noche mientras se pone las manos en las caderas y ofrece un par de poses.
—    Sí, estás guapa.
—    Además, cuando bailemos, tendrá mucho más morbo: Arlequín y Pierrot pasan de Colombina y se lo montan juntos.
—    ¿Quién te ha dicho que voy a bailar?
—    ¿Qué no has entendido de la expresión baile de disfraces?
—    Que me quieras llevar.
—    He pensado que, yendo de chico, podría causarte más efecto.
—    Buen intento, pero no se trata de eso.
—    Habrás bailado alguna vez...
—    Sí: escuchando a Shostakovich.
—    No se puede bailar a Shostakovich.
—    …
—    Eh, ¿adónde vas?
—    A poner la novena de Shostakovich.