domingo, 17 de marzo de 2019

Balthus

Noche viste una blusa azul sin mangas que cuelga de dos finos tirantes y una falda color teja. Está en el sillón de orejas, leyendo. Descalza, apoya un pie en el suelo y el otro en el asiento, lo cual, al tener levantada la pierna, ha hecho que la falda se resbale, dejando la mayor parte de sus piernas al aire.

Al Profesor no se le ve. Noche deja la lectura y le pregunta

    ¿Me estás mirando?
    Sí.
    ¿Te gusto?
    Mucho. ¿Es premeditado?
    ¿El qué?
    Que recuerdes a Katia leyendo.
    Me estoy informando sobre Balthus. ¿Te gusta?
    Por supuesto: si lo piensas, de alguna manera, tú y yo le rendimos homenaje.
    Yo hace mucho que dejé de ser una adolecente.
    Pero es que mi perversión no llega a la de artista.
    ¿Crees que Balthus es un pervertido?
    No, pervertido no, perverso. Sus cuadros hablan de alguien fascinado por la sexualidad adolecente, por la sexualidad apenas naciente, todavía indolente. Eso puede resultar científico, si escribes un estudio clínico, o perverso, si lo pintas.
    Cuando he visto los primeros cuadros no me ha llamado nada la atención. De hecho, estéticamente, no me han dicho gran cosa. Pero al ver que los temas se repetían, que las posturas de las chicas se multiplicaban, he empezado a entender que se trataba de una búsqueda.
    Sigue.
    Balthus buscaba el instante perfecto, ese que buscaban Proust o Rothko: el tiempo desnudo, el instante más allá del tiempo, aunque para Balthus no estuviese en la identificación de las experiencias o en la frontera entre dos matices, sino en la sensualidad apenas entendida, apenas entrevista y por eso perfecta.
    Me gusta.
    Creo que tengo por ahí un uniforme del colegio. ¿Quieres que me lo ponga?

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