martes, 6 de noviembre de 2018

Fotos antiguas

Noche está en el sofá mirando viejas fotos que saca de una caja. Lleva una camiseta con un gran corazón rojo y roto estampado en el pecho. El Profesor, en el sillón de orejas, lee.

Noche dice 

—    Era muy guapa.
—    No te haces una idea.
—    ¿Qué pasó?
—    Me dejó.
—    ¿Por qué?
—    Conoció a otro más alto y más joven.
—    Venga ya.
—    Quería tener hijos.
—    Venga ya.
—    Yo le producía estrés psicológico.
—    ¡Venga ya!
—    Es que no te vale nada. A ver esto otro: estaba harta de mis lecturas de Nietzsche, de los viajes por esos pueblos en busca de iglesias románicas, de mis cálculos de fractales, de los cuartetos de Shostakovich…
—    ¿Con cuál me tengo que quedar? ¿O no es nada de lo que has dicho?
—    Todas son verdad. En algún momento me dijo que se había enamorado, pero eso no es más que una forma de hablar: nadie abandona a nadie por amor.
—    Me encanta cuando te pones cínico.
—    No lo pretendo. Lo que quiero decir es que para romper no nos basta atracción por lo nuevo: para dar el salto necesitamos repulsión por lo viejo.
—    Y tú le causaste repulsión.
—    Fue sin querer, pero sí, me temo que sí.
—    No sé si te has dado cuenta, pero adoro a Nietzsche, las iglesias románicas, los cuartetos de Shostakovich, no quiero tener hijos, los chicos altos y jóvenes solo me gustan para un ratito, tus cálculos me ponen y de estrés psicológico nada de nada.
—    No te hagas ilusiones: puedo ser irritante de muchas otras maneras. Dame tiempo.
—    Lo tengo.

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