miércoles, 12 de junio de 2019

Joven romántico

Noche hojea un álbum de fotos. De pronto pone cara de sorpresa, acaricia una imagen con la yema del dedo medio y dice

    ¿Este eres tú?
    Describe.
    Primer plano de uno que mira hacia atrás mientras echa humo por la boca.
    Sí, soy yo.
    ¡Eras monísimo! ¿De cuándo es la foto? 
    Tendría veintiséis o veintisiete años.
    Guapito, con tu coleta, matemático, debías ser la bomba.
    Era un idiota.
    Seguro que eras romántico. Te imagino apasionado, vital, lleno de…
    Sí, exacto: un idiota.
    No te pongas cínico.
    No lo pretendo: todos esos adjetivos son sinónimos de irracional.
    A veces la pasión da grandes resultados.
    No: a veces la pasión coincide con grandes resultados. No hay relación causal. La pasión también puede acompañar a grandes fracasos. O grandes nadas.
    La pasión es lo que nos hace superar dificultades que de otra manera serían insalvables.
    No: la pasión nos hace creer el absurdo de que esos obstáculos eran insalvables pero que nosotros, gracias a nuestra fuerza interior, los superamos pese a todo.
    ¿Quieres decir que no ha habido gente extraordinaria?
    Claro que la ha habido, y la hay, pero no por ser apasionada, sino por ser inteligente.

Noche guarda silencio, pero mira sonriente al Profesor.

    ¿Qué?
    A ver, si en el fondo estoy de acuerdo contigo respecto de la pasión, pero…
    ¿Sí?
    Pues que hay cierta graciosa contradicción en que tú precisamente hables así cuando eres el tipo más apasionado que conozco.
    No veo ninguna contradicción: sigo siendo romántico e idiota.

Noche deja el libro de fotos sobre el sofá, se acerca hasta el sillón de orejas y allí, mientras pasa una mano por la cabeza del Profesor, dice…

    Idiota no, pero un poco tonto…


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