miércoles, 12 de junio de 2019

Joven romántico

Noche hojea un álbum de fotos. De pronto pone cara de sorpresa, acaricia una imagen con la yema del dedo medio y dice

—    ¿Este eres tú?
—    Describe.
—    Primer plano de uno que mira hacia atrás mientras echa humo por la boca.
—    Sí, soy yo.
—    ¡Eras monísimo! ¿De cuándo es la foto? 
—    Tendría veintiséis o veintisiete años.
—    Guapito, con tu coleta, matemático, debías ser la bomba.
—    Era un idiota.
—    Seguro que eras romántico. Te imagino apasionado, vital, lleno de…
—    Sí, exacto: un idiota.
—    No te pongas cínico.
—    No lo pretendo: todos esos adjetivos son sinónimos de irracional.
—    A veces la pasión da grandes resultados.
—    No: a veces la pasión coincide con grandes resultados. No hay relación causal. La pasión también puede acompañar a grandes fracasos. O a grandes nadas.
—    La pasión es lo que nos hace superar dificultades que de otra manera serían insalvables.
—    No: la pasión nos hace creer el absurdo de que esos obstáculos eran insalvables pero que nosotros, gracias a nuestra fuerza interior, los superamos pese a todo.
—    ¿Quieres decir que no ha habido gente extraordinaria?
—    Claro que la ha habido, y la hay, pero no por ser apasionada, sino por ser inteligente.

Noche guarda silencio, pero mira sonriente al Profesor.

—    ¿Qué?
—    A ver, si en el fondo estoy de acuerdo contigo respecto de la pasión, pero…
—    ¿Sí?
—    Pues que hay cierta graciosa contradicción en que tú precisamente hables así cuando eres el tipo más apasionado que conozco.
—    No veo ninguna contradicción: sigo siendo romántico e idiota.

Noche deja el libro de fotos sobre el sofá, se acerca hasta el sillón de orejas y allí, mientras pasa una mano por la cabeza del Profesor, dice…

—    Idiota no, pero un poco tonto…


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