domingo, 7 de julio de 2019

La paradoja de la inteligencia III: La esclava de las pasiones

Noche está subida en la escalera de la librería. Viste una camiseta con un dibujo de Nessie estampado en el pecho. Sujeta un grueso volumen y busca entre sus páginas. El Profesor la mira con atención. Por fin, Noche lee

—    Escucha: “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”.
—    Ah, el viejo escocés.
—    ¿Te das cuenta? Hume, un razonador extraordinario, sabía sin embargo que todo lo que hacemos con la razón es satisfacer nuestras pasiones.
—    Porque sabía que a la voluntad no le bastan la razones. Necesita algo más, el deseo, el apetito…
—    Exacto: por eso hay gente inteligente que piensa mal, porque la razón no es autónoma: son nuestras pasiones las que nos confunden.
—    De alguna forma ya te lo…
—    Sin embargo, Hume se equivoca.
—    ¡Como osas! –dice el Profesor con gesto impostado y ampuloso.
—    Por ti: tú refutas a Hume.
—    Jamás.
—    Vámonos a la cama.
—    Sabes que no…
—    ¿Por qué?
—    Por muchas razones que…
—    Repite eso.
—    Por muchas razones…
—    Para ser esclava tu razón parece mandar en ti de la hostia.

Se quedan en silencio. Noche baja de la escalera y se acerca al sillón de orejas, donde el Profesor se ha quedado cabizbajo, mirando al suelo, con gesto triste.

—    Profesor, no te enfades…
—    Noche, no me enfado contigo, me enfado con ese imbécil de Hume. 
—    …
—    Y con esta razón mía tan poderosa.

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