domingo, 7 de julio de 2019

La paradoja de la inteligencia III: La esclava de las pasiones

Noche está subida en la escalera de la librería. Viste una camiseta con un dibujo de Nessie estampado en el pecho. Sujeta un grueso volumen y busca entre sus páginas. El Profesor la mira con atención. Por fin, Noche lee

    Escucha: “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”.
    Ah, el viejo escocés.
    ¿Te das cuenta? Hume, un razonador extraordinario, sabía sin embargo que todo lo que hacemos con la razón es justificar nuestras pasiones.
    Porque sabía que a la voluntad no le bastan la razones. Necesita algo más, el deseo, el apetito…
    Exacto: por eso hay gente inteligente que piensa mal, porque la razón no es autónoma: son nuestras pasiones las que nos confunden.
    De alguna forma ya te lo…
    Sin embargo, Hume se equivoca.
    ¡Como osas! –dice el Profesor con gesto impostado y ampuloso.
    Por ti: tú refutas a Hume.
    Jamás.
    Vámonos a la cama.
    Sabes que no…
    ¿Por qué?
    Por muchas razones que…
    Repite eso.
    Por muchas razones…
    Para ser esclava tu razón parece mandar en ti de la hostia.

Se quedan en silencio. Noche baja de la escalera y se acerca al sillón de orejas, donde el Profesor se ha quedado cabizbajo, mirando al suelo, con gesto triste.

    Profesor, no te enfades…
    Noche, no me enfado contigo, me enfado con ese imbécil de Hume. 
   
    Y con esta razón mía tan poderosa.

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